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El Pais  17/05/2009

Los profetas de la antigüedad se retiraban al desierto durante cuarenta días, obligados por una llamada interior, para preparar el mensaje de salvación que debían dar al pueblo. Entre un sol fiero e inmisericorde y la arena llameante, estos redentores ponían el cerebro a cocer y mientras duraba esa cocción se alimentaban de raíces y de saltamontes. En medio del sol y la arena, elementos puros, se hallaba la verdad absoluta, es decir, la nada, pero ese vacío se convertía en un carro de fuego que los arrebataba hacia las esferas para dejarlos caer desde lo más alto con un látigo en la mano en el atrio del templo. Al desierto también iban los anacoretas sin otra misión que la de laminarse el espíritu hasta que su carne se hacía transparente. No buscaban otra ventaja, salvo que a veces un cuervo les traía una torta en el pico y unas mujeres desnudas bailaban para ellos en el espejismo de las dunas. Sin ser profeta, ni anacoreta ni siquiera esteta he viajado hasta el fondo del desierto de Sáhara. Bajo un sol criminal que amenazaba con reducir mi cuerpo a un pequeño charco de manteca, he llegado hasta el campamento de Dajla donde se hallan varados en la arena los refugiados saharauis como restos de un naufragio político en la más absoluta miseria. Siempre he odiado el turismo sociológico. Tampoco me gustan esos intelectuales famosos que se presentan en un lugar peligroso del planeta, se hacen la foto sobre los escombros de un bombardeo y se vuelven a casa para tomarse un güisqui en el Palace. Durante el festival de cine en el Sáhara, con la conciencia puesta a macerar, he dormido en una alfombra bajo las estrellas, he contemplado la luna llena en el perfil de las dunas, he compartido con una familia saharaui la austeridad de unos alimentos beduinos en una jaima, he visto alacranes correr con la cola erguida y dispuesta, he sabido que la arena posee una belleza extrema cuando se convierte en una llama. No quiero dar ningún testimonio. En cualquier desierto hay dos caminos: uno lleva a la estética y otro a la moral. En el fondo del Sáhara ambas sensaciones del espíritu se funden con el destino agónico de estas gentes, que no tienen otra oferta, otra dádiva que la de resistir. Allí el tiempo es la misma cosa que la arena.

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24.000 personas mueren diariamente de hambre, 3.000 de malaria, 3.500 de tuberculosis, algunas centenares de dengue. Estos son los números de las verdaderas epidemias, pandemias o como se quieran llamar a lo que rodean nuestras vidas y las hacen más inestables.

Si buscamos datos de estos desastres que asuelan este mundo injusto en que vivimos podemos quedarnos de piedra: hay poca información porque estas verdaderas epidemias no venden diarios ni inciden en la atención radiofónica de los oyentes ni en la mirada compasiva de los televidentes. No nos preocupan porque no nos afectan.

Salvo excepciones la gripe porcina ha provocado un regusto por el sensacionalismo en todos los medios de comunicación. La alerta sanitaria, lógica al producirse en un país tan deficiente desde el punto de vista médico como México, ha sido reconvertida en una amenaza galáctica como si el mundo estuviese a punto de enfrentarse a un virus mutante capaz de convertirnos a todos en primos de los cinematográficos Lobezno y los X men.

El circo mediático ha cruzado una vez más la línea del pudor y ha vomitado en los principios básicos del periodismo. En vez de utilizar una vara de medir lógica, la prensa ha jugado a provocar la histeria colectiva. Todo con tal de vender papel, aunque fuese pura basura, mentiras radiofónicas o videos adulterados. Todo con tal de desviar la atención de problemas más graves que nos afectan.

Cada uno de los supuestos muertos por el virus de moda ha tenido más espacio mediático que decenas de miles de muertos por virus antiguos o enfermedades que deberían estar erradicadas si nuestras autoridades políticas o sanitarias tuviesen una pizca de vergüenza. O si nosotros tuviésemos la decencia de protestar por los verdaderos virus de destrucción masiva.

El virus más cansino de la historia ya que parece que sólo le gusta viajar en avión, “sin voluntad asesina”, tal como lo ha definido algún epidemiólogo, ha sido presentado como un criminal en serie dispuesto a matar a un ritmo de película de terror de serie B.

Casi todos los informativos de televisión o de radio o casi todas las crónicas escritas han destacado con ambigüedad calculada cifras adulteradas, casos personales que carecían de interés médico y han escondido las llamadas a la calma de los especialistas más sensatos.

Algunas crónicas parecían copiadas de mediocres novelas de ciencia ficción. Otras empezaban por la anécdota y el verdadero lead, la sensata idea de que estamos ante un globo hinchado mediático e irresponsable, aparecía perdido o sepultado bajo paladas de verborrea.

El virus le ha venido de perlas al gobierno de nuestra nación. De repente el desastre económico del último año se ha volatilizado. La semana en que se anunció el derrumbe histórico de nuestro producto interior bruto, con cifras de parados que nos permite regresar a la cola de Europa, se ha superado con un simulacro interpretado por el virus menos letal de la historia.

A la oposición tampoco le ha disgustado el entretenimiento. Sus crisis internas y sus corruptelas han quedado aparcadas hasta mejores tiempos. En vez de asumir unos previsibles costes políticos se han dedicado a desempolvar la artillería de cara a las elecciones europeas. Otra vez asistiremos al bochornoso espectáculo al que gobierno y oposición nos tienen acostumbrados desde hace varios años cada vez que se acerca una cita electoral.

Más de ocho millones de personas mueren al año de hambre, un millón y medio de malaria y una cantidad parecida de tuberculosis. 900 millones de seres humanos sufren hambre extrema, más de 52 millones en América Latina.

Y como explica el diario Público en su edición del sábado 300.000 personas mueren al año por enfermedades o virus que “no generan alarma”. Por ejemplo, 70.000 de Leishmaniasis, 50.000 de Cisticercosis, 55.000 de Rabia.

Y además las variantes de la gripe causan 3.000 muertos anuales en España.

¿Por qué todos estos muertos no tienen derecho a su minuto de gloria? Porque han fallecido fuera de la hora punta de los informativos y en lugares alejados de nuestras vidas y nuestras conciencias.

Esta noticia fue escrita el Martes, Mayo 5th, 2009 a las 6:00. Puedes seguir todos los comentarios a esta noticia a través del RSS 2.0. Puedes dejar un comentario, o un trackback de tu propia web.

http://www.heraldo.es/blogs/gervasiosanchez/?p=213

“El programa de Cuatro “Perdidos en la tribu” es un teatro denigrante para una de las etnias más antiguas del planeta”. Las organizaciones que trabajan en Namibia califican así a un “reality show” al que acusan, además, de explotar a los bosquimanos (o san) que participan y de engañar a los espectadores.

Los antropólogos también afirman que se da informacion falsa sobre las costumbres de los himba, la otra tribu africana del programa.

“Perdidos en la Tribu ”, el mayor éxito de la temporada (2,4 millones de espectadores el pasado domingo) en esta cadena se vende como un “docu-reality” en el que tres familias españolas abandonan su vida civilizada para “convivir con tres tribus primitivas”, enfrentándose a “peligrosos animales, a sangrientos ritos ancestrales y a la climatología más hostil de la selva o el desierto”.

Pero la realidad es bien distinta. La realidad es que los bosquimanos, incluidos los niños, fueron sacados de sus casas en Donkerbos-Sonneblom, un territorio en el interior del desierto del Kalahari, para instalarse en unas cabañas que no eran las suyas, lejos de sus tierras de cultivo y los colegios de los pequeños durante un mes.

Y les pagaron 175 euros a los adultos y 67 a los niños. Así lo denuncia Silvia Sala, una española cooperante de la Fundación CEAR que ha visto cómo su trabajo de ayuda al desarrollo de tres años peligraba con la llegada del llamado “docu-reality”.

Esta ONG lleva tres años trabajando con los san, apoyando los reasentamientos en nuevas tierras propiciado por el Gobierno de Namibia, ayudando a un pueblo que ha sido nómada, y vivía de la caza y la recolección, en su formación agrícola y fortaleciendo las capacidades individuales y sociales de las familias para que salgan adelante y abandonen el alcohol en el que han caído por el cambio brusco en su forma de vida. Este proyecto está financiado prácticamente por la Agencia Española de Cooperación Internacional al Desarrollo (AECID) con 1,3 millones de euros.

Pero llegó la productora Eyework y Cuatro Cabezas y, según asegura Silvia Sala, responsable en Namibia de la Fundación , su proyecto se ha visto gravemente afectado. “Se llevaron a varias familias, a las que han pagado una miseria, durante casi un mes a unas localizaciones donde nunca han vivido. Y las familias se fueron, justo en pleno periodo de cultivo, dejando sus campos desiertos. Y también los niños abandonaron la escuela”, explica Sala desde Namibia.

Un efecto secundario ha sido que el dinero que la productora dio a los líderes comunitarios se lo gastaron en el consumo de alcohol, con el que no tienen contacto directo en las alejadas zonas donde realmente viven.

La Fundación CEAR, que lleva años intentando sensibilizar a los españoles de la riqueza y diversidad cultura de los pueblos indígenas, considera que “el enfoque del programa, además de poner en rídículo a los protagonistas, descontextualiza la situación de estas comunidades, utilizando estereotipos y trivializando su forma de vida”.

El antropólogo Francisco Giner Abati, experto en pueblos indígenas, también ha detectado información falsa sobre los himba. “Dicen que los maridos prohíben bañarse a las mujeres y no es verdad. Este programa es un insulto a la audiciencia y un abuso de estos pueblos que aparecen falseados”, denuncia el catedrático de la Universidad de Salamanca.

Giner Abati, que ha convivido mucho tiempo con esta étnia, recuerda que “una cosa es un documental y otra un “show” en el que se explotan situaciones humanas como espectáculo”.
Desde Survival, Miguel Ángel del Ser recuerda que “no se puede tolerar que se trate a los pueblos indígenas como salvajes” y avanza que en su ONG, dedicada a la defensa de los pueblos indígenas, entre los que ocupan un lugar destacado los san, han recibido ya numerosas críticas contra “Perdidos en la tribu”.

Fuentes de Cuatro, por su parte, explican que la productora buscó un país con tribus en unas condiciones determinadas, pidió permiso a las autoridades y luego, los indígenas accedieron voluntariamente a participar. “Se trata de poner de manifiesto la forma de vida de los menos desarrollados y ver la capacidad de unos occidentales de vivir en esas condiciones”, indican.

“Desconozco si alguna de las personas que aparecen no viven con la tribu, sino que son bosquibanos que viven habitualmente como aparecen y se les trata con total respeto”, añaden estas fuentes.

Hay que recordar que se calcula que existen menos de 100.000 bosquimanos entre Namibia y Botswana, casi todos en el segundo país. Desde que les despojaron de sus tierras, la inmensa mayoría vive como pastores de ganado y jornaleros y muchos están reasentados en territorios del Gobierno. Quedan muy pocos cazadores-recolectores que viven nomadeando y en cabañas.

FUENTE:www.elmundo.es

La falta de información suficiente nos impide conocer las causas últimas de nuestra crisis económica y de sus peores consecuencias sociales, pero padecer una carencia inesperada como esta agudiza la mirada crítica, la hace más sensible a las diferencias irritantes y propicia que se indigne con lo que ve injusto. Por práctico que resulte el cínico consejo de los expertos (resignarse y hacer economías), aún nos queda un residuo de dignidad moral para ver claro en la actual oscuridad. ¿Y qué es lo que está claro? Para mí, cuatro cosas: el contraste existente entre los niveles de padecimiento según la clase social a la que se pertenece; las diferencias entre las soluciones propuestas para paliar los efectos de la crisis, tan opuestas como lo están los intereses de clase de quienes las propugnan; la escasa capacidad del poder público para paliar el daño que están sufriendo los ciudadanos, y, en fin, su nulo empeño en ir a la raíz de la crisis, yéndose en cambio por sus ramas con una simple podadora como panacea.

ES
EVIDENTE:si un ricachón ha de renunciar a un crucero de placer no sufre la misma crisis que una familia que tiene que afrontar que uno o varios de sus miembros se hayan quedado en paro. Tampoco el empresario que descuidó el futuro de la empresa en favor de su arca particular pierde lo mismo que los obreros a los que despide. Los del pensamiento único nos hicieron creer que ya no había clases sociales porque hoy todos formamos parte de una única clase media, igualada en gustos, deseos y posibilidades. Acertaban, excepto en la igualdad de posibles. De “clase única”, nada.
En cuanto a las soluciones propuestas, los grandes empresarios aprovechan la crisis que el capital provoca y pretenden despedir legalmente a bajo precio a sus trabajadores, en vez de gastarse los ahorrillos en su mejor formación y en llevar a cabo una renovación tecnológica. Ni por asomo se les ocurre subir los salarios para que funcione la máquina del consumo. ¿Con qué creen que este se paga? Por su parte, los grandes banqueros imploran ayuda estatal (o sea, el ahorro forzoso que, a través del IVA y el IRPF, aporta a la nación la mayoría trabajadora con menos recursos) para, con la excusa de otorgar créditos a las pequeñas y medianas empresas y a las familias que los necesitan, exigirles de nuevo aquellos intereses que más beneficien a los suyos.

SERÍA
JUSTOy debido que devolvieran a sus nuevos deudores y morosos parte de la riqueza acumulada y proclamada, fruto de hipotecar de por vida a víctimas de la publicidad empresarial consumista y del negocio inmobiliario tan dañino para el medioambiente, cuyos precios millonarios servían también para pagar favores ilegales a políticos corruptos.
Con el falso e interesado optimismo de que las clases ya no existen, el capital cree que la marxista lucha de clases se ha acabado. En caso contrario, sería el acabose… del capitalismo. Ahora bien, ya me dirán si la actitud del capital ante la crisis no es un ataque en toda regla al nuevo proletariado, así como la huelga general es el arma obligada que defiende, con toda la energía que las leyes consientan, el empleo, la vida y la dignidad de los trabajadores. Ya me dirán si eso no es una lucha a muerte de clase contra clase, iniciada como siempre por la que todavía es dominante y encima se arroga el papel de dirigente.
Los gobiernos proponen compensaciones caritativas, cual paradójicas oenegés gubernamentales. Está bien que haya subsidios y exenciones de impuestos, pero esta crisis, aunque lo parezca, no es un terremoto o un tifón y no se resuelve con medidas paliativas propias de una zona que ha tenido que ser declarada “catastrófica” por causas naturales. Esta catástrofe es obra de unos poderes económicos. Sus efectos destructores deben ser previstos, impedidos o reparados por los representantes del pueblo soberano, que tienen que responsabilizar a los culpables y no colaborar en su propósito de salir de esta situación todavía más fortalecidos para perpetuar su dominio. Si el que contamina, paga, el que se enriquece empobreciendo a otro ha de retornar a sus legítimos dueños la riqueza que les ha sido hurtada. Un Estado que no cumpla esa norma únicamente representa a los amos del dinero, y su Gobierno será conservador (no de los derechos humanos, sino de las inhumanas derechas), por mucho que se escude en que la oposición lo es más.

EN CUANTO
Ala radical ilegalización de las prácticas capitalistas, no caben, a mi juicio, más remiendos que el cambio de tela. Al apellido del presidente José Luis Rodríguez Zapatero yo le añado, sin malicia, el adjetivo remendón. Un keynesianismo made in Spain es la llave que muchos necesitan para abrir el cerrojo de su cárcel financiera. Pero es preciso algo más: la palanqueta que fuerce la caja de caudales de unos pocos.

* Catedrático de Derecho Constitucional y ensayista. En elperiodico.com

• España es la octava potencia mundial en la venta de armamento
• Ningún grupo tocó este asunto durante el último Debate del estado de la Nación.

Ni el Gobierno, ni la oposición. Ni la derecha españolista, ni la nacionalista. Ni la izquierda mayoritaria, ni la minoritaria. Ni PSOE, ni PP, ni Convergencia i Unió, ni PNV, ni Ezquerra Republicana, ni Izquierda Unida, ni Iniciativa per Catalunya Verds, ni el Grupo Mixto (BNG, CC, Na-Bai, UPyD y UPN). Ni una palabra durante el Debate del estado de la Nación sobre las ventas de armas españolas. Como si el tema no existiera o como si los ciudadanos no quisieran saber. Silencio y ultraje ante un tema tabú.

Somos la octava potencia del mundo en esta especialidad. Formamos parte de un exquisito club en el que no tenemos que mendigar un puesto como nos ocurre en el G-20 y a ningún parlamentario se le ocurre hacer una simple pregunta, reflexión o comentario. Es cierto que el tiempo es oro para sus señorías, pero sólo es necesario utilizar alguno de los minutos dedicados a lanzar insultos y diatribas para reflexionar sobre un negocio que tiene que ver con la muerte.
Hay secretos que matan. Así se llamó la primera campaña que se hizo en España entre diciembre de 1994 y octubre de 1999 para “cuestionar las políticas del comercio de armas en España y poner el tema en la agenda pública”. Amnistía Internacional, Greenpeace, Intermon Oxfam y Médicos sin Fronteras formaron parte de este lobby coordinado por el Centre UNESCO de Catalunya, dirigido por Vicenç Fisas.
Las cuatro organizaciones, que sumaban centenares de miles de socios, presentaron un “Manifiesto por la transparencia en el comercio de armas”. Pero Felipe González, el entonces presidente del Gobierno español, no mostró interés alguno a pesar de que recibió una carta enviada en tres ocasiones por los responsables de la campaña.
No tenía tiempo para menudencias aunque unos años antes su Ejecutivo había autorizado la venta de armas a Irán e Irak cuando ambos países se enfrentaban en una brutal guerra que acabó como la nuestra: con un millón de muertos. Barcos españoles con hojas rutas falsificadas salían de puertos españoles con las bodegas atiborradas de armas. Como en aquellos años todavía existía en España una especialidad llamada periodismo de investigación, la vergonzosa trama se pudo conocer con gran bronca en el Congreso de los Diputados. Era 1987. El entonces ministro de Industria, Luis Carlos Croissier, ideó una excusa barata ante sus señorías: “Vendemos cinco o seis veces menos que Francia”. Gracias a la bajeza moral del ministro me sentí aliviado al saber que éramos menos asesinos en potencia.

El secretismo siguió endulzando los negocios de la muerte
Las ONG iniciaron en 1999 una nueva campaña llamada “Adiós a la armas centrada en las armas ligeras”. Pero con el Partido Popular en el poder el secretismo siguió endulzando los negocios de la muerte de nuestro país.
En pleno apogeo del Gobierno de José María Aznar, tan insensible como su predecesor a este tipo de temáticas, se entregó a la presidenta del Congreso las 100.000 firmas y adhesiones a la campaña apoyada por ciudadanos de a pie, decenas de organizaciones humanitarias, 300 ayuntamientos, 11 diputaciones provinciales y los parlamentos autonómicos de Aragón, Asturias, Baleares, Cataluña, Euskadi y Navarra.
En los siguientes años se lanzaron campañas como “Armas bajo control” y se hizo hincapié en una mayor transferencia informativa mientras se batallaba por conseguir un Tratado Internacional sobre el comercio de armas ligeras con el objetivo de reducir el número de muertes por culpa de la proliferación de este tipo de armamento.
Un objetivo incumplido hasta la fecha a pesar de que es apoyado por 147 países. Pero el veto sigue creando un mundo a imagen y semejanza de las principales potencias industriales —Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia— que como se dice al final de la película El señor de la guerra, son las cinco mayores vendedores de armas del mundo.
La octava potencia de comercio armamentístico
El PSOE ganó las elecciones de 2004 esgrimiendo la bandera pacifista en contra de la guerra de Irak que, en realidad, era sujetada por más del 90% de la población española, incluido millones de votantes del PP.

La nueva mayoría parlamentaria permitió soñar con una definitiva Ley de comercio y control de armas. Pero la sensibilidad suele cambiar cuando se alcanza los salones del poder. El genio de los deseos es obligado a introducirse en la lámpara maravillosa y se impone el realismo más exquisitamente cínico.
A trancas y barrancas y gracias a la presión de varias ONG se consiguió avanzar en la consecución de una “ley sin agujeros” contra la voluntad del Gobierno socialista. Aunque hubo que esperar casi cuatro años, hasta el 28 de diciembre de 2007, para que se aprobase la Ley 53/2007 sobre el control del comercio exterior de material de defensa y doble uso.
El Ejecutivo socialista no desaprovechó el tiempo y nos convirtió en la octava potencia del mundo en ventas de armas. Entre 2005 y 2006, España duplicó sus exportaciones armamentísticas y en 2007 los ingresos crecieron un 10% más hasta un total de 932,94 millones de euros. Desde el inicio del nuevo siglo habíamos quintuplicado nuestras exportaciones armamentísticas.
Hace un año, en plena vorágine triunfalista, el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, anunció a los cuatro vientos que estábamos a punto de sobrepasar en renta “per cápita” a Francia. Cualquiera que conozca el país vecino debió pensar que se trataba de un insulto a la inteligencia y sentir vergüenza ajena. Pero es posible que al presidente se le traspapelase algún gráfico comparativo entre nuestra industria armamentística y la de los franceses y pensase que podríamos cogerles ya que los teníamos a tiro de cañón en 2007: sólo vendíamos tres veces menos.
Quizá Zapatero pensó que vender armas es sinónimo de educación y cultura, indicadores de desarrollo humano no tan preferenciales para nuestras autoridades, y se hizo un lío mental. Pero ya se puede quedar tranquilo: los franceses han pisado el acelerador y están de nuevo a años luz, es decir, a siete veces de distancia. Si aplicamos la regla Croissier de l987, concluiremos que seguimos siendo siete veces menos asesinos.

FUENTE:www.soitu.es

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